Las Emociones en los Niños

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Las Emociones en los Niños

Las emociones corresponden en sí mismas a un mundo de sensaciones que nos surgen con tan solo nombrar la palabra. Al hablar de ella, evocamos sentimientos agradables algunos y otros no tanto. Podemos distinguir entre aquellos eventos que nos emocionaron de alegría, o que lloramos de pena. Cuando nos enamoramos, nos avergonzamos, nos desilusionamos, etc. Nosotros, los adultos, somos capaces de diferenciar y distinguir entre una emoción y otra. Sin embargo, los niños, que tienen las mismas capacidades que nosotros para percibir una emoción, no son capaces de nombrarla o reconocerla. ¿Por qué?, simplemente porque el “sistema” que nos permite hacerlo, en ellos, aún no completa su desarrollo: el cerebro.
El bebé al nacer, conoce el mundo a través de su madre. Es mediante el vínculo que establecen entre ambos que la comunicación es posible. El mundo allí se desarrolla a través de sensaciones y miradas. La madre sintoniza con las necesidades del bebé y atiende a su llamado cuando tiene hambre o cuando tiene sueño. Si algo le duele o siente frío o calor. Existe una especie de “sintonización” con los afectos del niño. Cuando todo lo anterior se da, podemos decir que el niño tiene un apego seguro con su madre, en tanto ella es la figura de apego que satisface sus necesidades.
Este modo de comunicación tan básico, nos recuerda que somo mamíferos primitivos en esencia y que, a través del desarrollo de la especie, hemos ido alcanzando las habilidades que caracterizan al hombre y la mujer que somos hoy día. Con un lenguaje articulado, con capacidad de aprender y ejecutar múltiples tareas.
Pero para llegar a eso que somos hoy, el bebé ha debido recorrer un largo camino en su desarrollo, ya fuera del vientre materno. Al nacer su cerebro esta estructuralmente completo, sin embargo tiene tan solo un 20% de las habilidades que alcanza cuando llega a la edad adulta. Las funciones que logra tener son muy primitivas, de hecho, la parte del cerebro que se encuentra desarrollada es la que se conoce como Cerebro Primitivo o Cerebro Reptileano (término asociado a nuestros antepasados, filogenéticamente hablando). Para facilitar la comprensión del funcionamiento de las habilidades de este complejo órgano, lo dividiremos en tres niveles. Este corresponderá al Tercer Nivel.
El Tercer Nivel es el de la supervivencia ya que es aquí donde se ubican funciones básicas para sobrevivir, como la regulación de la respiración, la temperatura corporal, la presión arterial y la homeostasis de todo nuestro organismo. También regula el funcionamiento del cuerpo en momentos de peligro, activando las respuestas de ataque o huida, cuando sentimos miedo o enojo o cuando sentimos que nuestra vida está en peligro.
El Segundo Nivel, llamado también el cerebro emocional, nos permite desarrollar los vínculos afectivos, establecer afectos, apego con las personas que amamos. Es el cerebro social. En este nivel localizamos el eje de producción hormonal del organismo, donde se almacenan los recuerdos, la memoria emocional los eventos agradables y desagradables por los que hemos transitado. Aquí se localiza una estructura fundamental cuando hablamos de emociones: la Amígdala. Ubicada al centro del cerebro, participa activamente en la integración de las emociones y la búsqueda de un patrón de respuesta para dicho estímulo.
El Primer Nivel, corresponde a nuestros hemisferios cerebrales superiores (la corteza frontal y pre frontal) las cuales nos permiten desarrollar habilidades que no tienen otras especies. La voluntad, el pensamiento abstracto, la capacidad de auto observación , la comunicación a través del lenguaje escrito y hablado y la creatividad son un privilegio del ser humano. Aquí se ubican las llamadas funciones ejecutivas que consisten en las habilidades para llevar a cabo las tareas que nos propongamos, planificar acciones en pos de objetivos, tomar decisiones y actuar de acuerdo a normas sociales y códigos morales. Gestiona tanto las habilidades cognitivas como las emocionales
Este nivel es la última zona en alcanzar la madurez completa. Durante los tres primeros años aparecen las llamadas capacidades emergentes que son necesarias para el posterior desarrollo de las funciones ejecutivas.
A partir de los seis meses de vida aparecen signos de regulación emocional pero es a los dos años cuando comenzará su desarrollo y este no termina sino a finales de la adolescencia (cerca de los veinte años).
Podemos intuir entonces, que estos tres niveles se mantienen en permanente comunicación y que la amígdala juega un rol preponderante pues recibe estímulos provenientes desde el primer y tercer nivel integrando la información y transmitiendola para su posterior respuesta. Si pensamos en el cerebro de un niño, desde este punto de vista, nos daremos cuenta que muchas veces les hemos exigido dar respuesta a situaciones que los estresan y que, simplemente por una cuestión de desarrollo del aparato cerebral, no son capaces de responder.
Para que un niño sea capaz de regular sus emociones debe tener un adulto que le enseñe a regularlas. Le debe mostrar con su conducta como hacerlo. Cuando un niño tiene activada su amígdala (y un adulto también) no es capaz de escuchar razones y no entiende.
Los niños reaccionan con respuestas automáticas y emocionales ante los estímulos estresantes del ambiente (con sus cerebro primitivo). A medida que crecen aprenden de los adultos a su cargo a comprender sus estados emocionales, a ponerle nombre a sus emociones y, antes de que se dispare su cerebro primitivo, van aprendiendo a regularlo. Cuando los padres calman a sus hijos cuando están alterados en la primera infancia, les van enseñando como hacerlo consigo mismos. Cuando tienen miedo, están cansados o enojados, la calma de los padres, que la transmiten a través del tono de voz, de sus gestos, de sus palabras, crean un lenguaje interior que le enseña al niño a hacer lo mismo y a auto regularse.
Muchas veces el conflicto entre dos personas se traduce en dos cerebros primitivos reaccionando con lo que saben hacer: ataque o fuga. Cuando podemos comprender nuestros estados emocionales y, en vez de reaccionar nos auto observamos, tomamos distancia y nos calmamos antes de hablar, seremos capaces de dialogar y comprender. Hay que recordar que, cuando estamos con un niño enfrentado a una situación de estrés y que, por su edad REALMENTE no sabe por qué no puede hacer nada mas que reaccionar de la manera que lo hace, recuerda quien es el adulto. Así que primero debemos calmarnos, auto regularnos y así les estaremos enseñando a ellos de la mejor manera como responder ante el estrés.

 

Ps Jacqueline Deutsch

Fuente:

Diamond A. The early development of executive functions. In Bialystok E, Craik F, eds. Lifespan cognition: mechanisms of change. New York: Oxford University Press; 2006. p. 70-95

Herschkowitz N. Neurological bases of behavioral development in infancy. Brain Dev 2000

www.faromundi.org.do 2017

www.neurosciencience,mindandbehavior 2018

2019-01-29T04:50:05+00:00enero 29th, 2019|bebés, Niños, padres|0 Comments

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